En la localidad salmantina de Babilafuente, situada junto a la línea férrea hacia Medina del Campo, hubo una gran fábrica de ladrillos. Hubo, porque ya no hay. De ella sólo quedan las fachadas.
Si nos remontamos a las citas históricas, encontramos que ya en el siglo XVIII el escritor y matemático Diego de Torres Villarroel hacía referencia a los “pocos fabricadores de tejas y ladrillos a quienes su pureza y su necesidad tienen con las carnes cetrinas y las entrañas opiladas” y más tarde, en el siglo XIX, el político y abogado Pascual Madoz en su definición de la villa anota que “existen 4 fábricas de teja, ladrillo y valdosas”.
El tejar producía, con los barros del lugar, tejas, baldosas y baldosines. Era una actividad familiar que empleaba a todos sus miembros, más cuatro, cinco u ocho obreros o aprendices. Se trabajaba desde el primero de mayo hasta el cuatro de octubre (época más propicia por la falta de lluvias).
La fábrica cuyos restos hoy nos ocupan es heredera de aquellas antiguas fábricas. Con la comercialización asegurada por la comarca de Peñaranda y en toda la provincia gracias al ferrocarrril cercano, en 1918 inició sus trabajos. Tenía 14 hornos, 30 obreros y producía 20.000 ladrillos diarios. Cerró sus puertas en 1967, hace 44 años.
Entre las ruinas de la fábrica, en las últimas décadas, se han cobijado familias de inmigrantes que acuden a trabajar en la recolección de los productos de campo.
A principios del siglo XX había 40 tejares. Cada tejar tenía una producción de 150.000 tejas y 100.000 ladrillos. El último dejó de funcionar en 1968 por la competencia de las fábricas del mismo pueblo. En 1960 se instaló una nueva fábrica, más pequeña, con ocho trabajadores y unos 10.000 ladrillos diarios, cerró en 1984, sin modernizarse. Pocos años después el pueblo perdió una fábrica de harinas. Que Babilafuente, un pueblo pequeño, haya estado bien poblada, en buena parte es gracias a su industrialización y al sector agrario.
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