Los molinos del Campo de Criptana
En el capítulo octavo del Quijote, Cervantes contó la aventura más célebre de la novela: la embestida de don Quijote contra los molinos, “treinta o pocos más desaforados gigantes”. Ahora, Infanto, Burleta y Sardinero, los molinos del Campo de Criptana, han sido restaurados en su versión primitiva.
La sierra de Campo de Criptana es un cerro por cuya ladera meridional se extiende buena parte de la villa ciudadrealeña. Según el Catastro de Ensenada (mediados del siglo XVIII) había “treinta y cuatro molinos harineros andantes”.
Desde que el pasado 22 de junio se pusieron en funcionamiento, los vecinos han podido comprobar cómo han quedado “sus molinos” tras una minuciosa restauración que incluye la maquinaria original del siglo XVI. A partir de ahora, los primeros domingos de mes se repetirá esta operación con las miras puestas en que para abril de 2009 puedan verse en marcha una vez por semana y en algunas ocasiones especiales.
El entorno del molino estaba dedicado a la era, circular, un espacio que se mantenía despejado para girar el cono de la cubierta y, con él, las aspas, orientándolo en función del viento. Esto se hacía gracias al palo de gobierno, un mástil que sale desde el interior de la cubierta, por el lado opuesto a las aspas, y llega hasta el suelo en el borde de la era. Dado el peso de todo ello, esta faena se reservaba para un borrico.
A través de los 12 pequeños ventanucos que se abren a todos los puntos cardinales, el molinero averiguaba la procedencia del viento (”cierzo, ábrego mediodía, ábrego hondo, toledano, solano fijo, matacabras, solano mediodía, moriscote, solano hondo y otros tres procedentes de Andalucía) y decidía la orientación de las aspas.