El hacedor de puentes
Extractos de la entrevista al ingeniero Javier Manterola en El País del 15 de abril de 2007
Javier Manterola Armisén (Pamplona, 1936) ha tenido, durante toda su vida profesional una ocupación: construir viaductos, pasarelas y puentes de los más diversos tipos y estilos. Entre los que destacan el Euskalduna de Bilbao, el del TAV, en Zaragoza, o el circular de Zizur (Navarra) sin olvidar el atirantado sobre el embalse de Barrios de Luna (León) todo un referente en la construcción en hormigón. Ahora, a sus setenta años, este académico de San Fernando tiene entre manos veinte proyectos dentro y fuera de España.
“La sociedad premia más la imagen que aporta el arquitecto, y la labor del ingeniero queda en un segundo plano”
Ha tenido ocasión para trabajar con el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza en los edificios Torres Blancas (1967) y del BBVA (1976) de Madrid, o con Rafael Moneo en el Kursaal (2000) de San Sebastián. Pero es Manterola es un hombre de curiosidad insaciable, amante de la música, el ensayo y las artes plásticas, aficiones que aplica sin punto de ruptura a su pasión por arrancar belleza de lo resistente.
“Lo difícil es el tamaño. Para un puente de 500 metros de luz has de exprimirte más el cerebro que para uno pequeño”
“comencé a darme cuenta de que el mundo de las estructuras dentro de la arquitectura es muy importante, pero condiciona demasiado al ingeniero. El arquitecto, que es quien controla el edificio, como debe ser, te fuerza a hacer cosas que a lo mejor tú ves de distinta forma. Además, te quedas en segundo plano, cosa que tampoco me gustaba demasiado. Desembocar en el mundo de los puentes fue casi un proceso natural.”
“sería algo injusto para el arquitecto. Muchos de ellos hacen muy bien su trabajo y tienen gran talento. Lo que no saben es cómo hacer que esas formas que han imaginado sean, además de bellas, resistentes. Pero lo cierto es que la sociedad premia más la imagen que aporta el arquitecto, y la labor del ingeniero queda en un segundo plano. A principios del siglo XX no era así, y Le Corbusier y otros grandes arquitectos pensaban que los ingenieros eran los auténticos artífices de las cosas.”
“no pienso en los demás cuando estoy diseñando un puente, ni en que sea un servicio para la sociedad; ni siquiera en quien me lo encarga. Lo que diseño es obra de mis conocimientos, pero también de las obras que he visto de otros, de mi experiencia vital y de mis inquietudes fuera de la ingeniería. O uno tiene un mundo interior que alimenta todo ese afán o no puede hacer nada. Por otro lado, hacer puentes es muy satisfactorio, pues la relación entre lo resistente y la forma es muy directa.”
“Para hacer un puente de 500 metros de luz tienes que exprimirte el cerebro mucho más que para hacer uno pequeño, que permite más variaciones formales. Cuando tienes que proyectar un gran puente, ahí es cuando de verdad se pone en juego todo tu oficio, tu conocimiento y tu talento. Recuerdo perfectamente mi primer puente, que tenía cien metros de luz de una pila a otra, y el reto que supuso enfrentarse a aquello que no dominabas.”
“Intuyo que los grandes avances van a venir por los nuevos materiales, porque los que todavía utilizamos, el hormigón, el acero, son ya un poco primitivos. Los nuevos materiales, las fibras de vidrio y de carbono, las aramidas o las estructuras inteligentes que se adaptan a las acciones a que les sometes, van a cambiar las cosas y pueden traer una revolución que ni me atrevo a anticipar.”
“A veces, cuando pensaba en una obra nueva me ponía a Bach, para ver si mis ideas así filtradas daban algo sublime”