La belleza de lo antiguo
Artículo de Delfín Rodríguez en el ABC de las artes y las letras del día 23 de junio de 2007
Escribir algo pertinente sobre lo antiguo y hacer su elogio, si cabe, es tarea que me incomoda profundamente, y no se diga ya si de hablar de la belleza o supuestas bellezas de lo antiguo se trata. La verdad es que no me atrevo por temor y miedo a hacer el ridículo, por no estar al día. En primer lugar, porque muchos consideran que plantearse temas semejantes carece de sentido en nuestro tiempo, volcados como estamos en lo absolutamente moderno y contemporáneo. La perversión de las nociones de arte y belleza, de antiguo o tradición, de memoria o Historia, ha llevado a considerlas como verdaderas antiguallas a destruir, para sustituirlas por lo divertido y lo bufonesco, por el desprecio no sólo a las cosas de lo antiguo, inútiles donde las haya, sino también a quienes se dedican a estudiarlas, a conservarlas, a difundirlas como patrimonio de todos, es decir, los historiadores y otros cultivadores de las Humanidades. Si ya lo decía un antiguo como Prisciano: «Quanto juniores, tanto perspicaciores».
Como un fantasma. Quien esté empeñado en esas tareas nobles y que tienen que ver con la cultura y sus objetos, con la Historia y la memoria, con el pensamiento crítico, ya sabe que será considerado él mismo un personaje antiguo, como si viviese una vida anacrónica, como un fantasma. Las carcajadas y burlas, entre banquete y banquete, se oyen por doquier. Hay incluso quien recomienda la desaparición de lo antiguo -incluso de lo antiguo más reciente-, su destrucción, borrando las huellas inquietantes de su presencia, aquéllas que podrían poner en evidencia su absoluta ignorancia. Y es que, si el arte tuvo algo que ver con lo antiguo y el pasado -parecía que sí-, hoy ha sido sustituido por nuevas experiencias artísticas e intelectuales guiadas por nuevos profesionales de nada, por simulaciones y máscaras, por lo falso y el cinismo como protagonistas mediáticos, como fuente del negocio. Lo antiguo puede ser todavía rentable a condición de ser destruido entre carcajadas. Mientras dura la demolición, será divertido, como confirman tantos comisarios, profetas, nuevos artistas, periodistas de deportes y del corazón, del escándalo y la basura, que han trasladado el lenguaje y las maneras de su antigua dedicación a los territorios del arte y la arquitectura. Y deben tener algo de razón porque ya Diderot se quejaba de que los antiguos habían tenido una ventaja sobre las gentes de su tiempo, la de que no tuvieron antiguos.
El filósofo y crítico de arte francés, sin embargo, asumía esa situación y sus inquietantes consecuencias: lo moderno tenía que habérselas con la presencia contemporánea de lo antiguo, que, perforando la Historia, estaba tan presente como las nuevas creaciones. (seguir leyendo…)
